LA COMPAÑERA DEL SOL



Dra. M.: Por  fin, ¿cuándo dieron la respuesta?

La última vez que había venido el representante de Aga Ruhullah mi padre había decidido responderle negativamente argumentando que ni yo ni mi abuela estábamos de acuerdo y que él respetaba mucho nuestras opiniones. Ocurrió justo aquel día que yo había  visto el sueño.

Dra. M.: Su padre tenía una mente muy abierta y le importaba su satisfacción, en tanto que muchos padres de aquella época no tomaban demasiado en cuenta los deseos de sus hijas.

Sí, así es. Justamente luego de relatar el sueño a mi abuela, mientras desayunábamos  entró mi padre. Le serví té y él dijo: “Nuevamente vino Aseid Ahmad y ésta es la quinta vez que viene, y me dijo algo que no puedo repetir.” Luego me enteré que cuando mi padre le había comunicado nuestra insatisfacción, había dicho: “Claro, creció rodeada de comodidades y ahora no puede adecuarse a la vida de un  Talabé (un humilde estudiante de religión). Eso es lo que se escucha por ahí.”

Mi padre continuó: “Es vuestra decisión, pero por mi parte yo creo que él es un buen hombre, instruido y religioso, y que su misma religiosidad será garantía de una buena vida.” Por entonces tenía yo unos quince años y respetaba mucho a mi padre. En ese momento mi abuela le sirvió unos dulces. Mi padre comió algunos y dijo: “Entonces como dulces como señal de complacencia de mi querida Qudsí”. Y yo no dije nada debido a la impresión que había dejado en mí el esplendor del sueño que había visto.

Tras una semana, Aseid Ahmad Lavasani, dos hermanos del Imam -el Sr. Pasandidé y  el Sr. Hendí-, el Aseid Muhammad Sadeq Lavasani, y el novio, vinieron a nuestra casa para pedir mi mano, y todos eran amigos entre ellos excepto el Sr. Hendí. Mi padre nos mandó a buscar a casa de mi abuela y fuimos allí. Allá me di cuenta del asunto. Mi hermana menor, Shams Afaq corrió a verme diciéndome: “¡Ha venido el novio, ha venido el novio!”. Me llevaron a la habitación contigua adonde vi al novio. El Imam tenía un rostro trigueño y cabello castaño oscuro. Al volver todos me preguntaron si me había gustado. No dije nada. No tenía una edad como para distinguir qué debía hacer, además siempre había sido una persona ingenua y simple.

Vino mi padre y preguntó a mi madre qué opinaba yo, a lo que mi madre le respondió: “¡Nada, está ahí sentada!”. Luego mi padre, dándose cuenta de mi silencio, se percató de mi satisfacción, e hizo una prosternación de agradecimiento a Dios.

Siempre solía decía mi padre: “Quiero un hijo sabio y un yerno sabio.” Y así sucedió.

Dra. M.: Querida madre, he oído que su casamiento tuvo lugar en el bendito mes de Ramadán. ¿Por qué eligieron esta fecha mientras que no era costumbre?

Porque en esa fecha no había clases.



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